Redes que cazan





Internet y el Insaurralde Gate


     “Lo que pasa en Las Vegas, queda en Las Vegas” es una frase que suele aplicarse a un sinfín de situaciones que quedarán en secreto aunque no transcurran precisamente en la ciudad del pecado. Pero Internet no es Las Vegas y nunca lo será, porque es exactamente su opuesto. Los medios tecnológicos tampoco califican para ser Las Vegas, porque lo que queda registrado allí es posible que sea compartido. Menos en Argentina, donde somos los que más tiempo estamos en redes sociales de toda América Latina, promediando los 3.028,4 minutos por usuario cada mes. 
     No voy a hacer ningún análisis político sobre el  Insaurralde gate porque no me interesa ni me siento a la altura. El (ex?) Barón del conurbano deberá explicar su estilo de vida, sus conductas disonantes, su mal timming -adrede o no- de semejante viaje en plena campaña electoral,  cuando aún estaba en un gabinete que da muestras reales de austeridad y encima, a sabiendas de la grave situación económica, social y política que se vive en Argentina.
Pero sí puedo analizarlo desde el punto de vista tecnológico. Tiene varias aristas. Entonces el tema Insaurralde vendría a ser como un: “¡Pum!…a propósito de tiros…”
     Para hacer un cuadro de situación, vale recordar que el podio de redes sociales en América Latina lo tiene Instagram. Según Comscore, en 2022 Instagram domina ampliamente el share de acciones por canal social, con el 52% frente al 6% de Twitter (o X). Sin embargo, es la red X (alias la cloaca) la inevitable preferida para periodistas y quienes buscan noticias frescas. Una explicación para esto puede encontrarse en el excelente buscador que tiene la red X y a su Trending Topic, que permite ver tendencias en detalle. Esas dos características distintivas son, en parte, las que llevaron a la red a un crecimiento explosivo. Entre febrero de 2008 y febrero de 2009  aumentó en cantidad de usuarios un 1.382%, siendo la red social con más rápido crecimiento. Y posiblemente las que lo mantienen a flote pese a la enorme cantidad de desaciertos en cuanto a su gestión en los últimos dos años.  Tomo los datos de Instagram y Twitter porque fueron los protagonistas en este caso. Uno porque es donde se postearon las fotos y videos en primera instancia y el otro porque es donde, una vez más, se centralizaron los debates. 
Hay infinidad de razones por las cuales un registro audiovisual es casi imposible que quede allí sin ser ampliado por las redes sociales u otros medios. Pero hay una razón muy sencilla que abarca a todas ellas: somos humanos. En ese sentido, las publicaciones en Internet hacen un match perfecto con las reacciones impulsivas a las que los tiempos ultra veloces nos tienen sometidos. No se olviden que estamos en la era de la inmediatez. Basta recordar un estudio  universitario realizado este año en América Latina sobre jóvenes de hasta 25 años que da cuenta que las personas que más tiempo utilizaban las redes sociales tenían una tendencia mayor de lo normal a ser impulsivas y a actuar sin medir las consecuencias. 

     Internet es el fósforo para la pólvora de las emociones modernas. Entonces en algún momento, esa información resguardada se cruza con la estupidez humana, con la tentación, con el despecho, con la necesidad de hacer uso de ese poder otorgado por un otro o robado a través de una imagen, de un audio. Y se utiliza. En un segundo literal, está “subida” y echa a rodar. Es bueno o malo? Según. Si expone corrupción, información que la ciudadanía debería tener, etc etc, será bueno saberlo. Pero hay casos (no este del yate, obviamente) de personas con alta exposición en los que las menciones o publicaciones con discursos de incitación al odio traspasan un límite. Ocurre habitualmente con periodistas. Personas que quedan salpicadas y se enteran de ello cuando el tema está mediatizado. Y acá se abre otra vía: cuándo vamos los usuarios de plataformas con publicación de contenidos de usuarios (léase principalmente todas las redes sociales) a tener la potestad de conocer  de manera instantánea, esa información que nos menciona? Por qué debe enterarse una persona que, por ejemplo, es víctima de pornografía no consentida cuando un compañero o compañera de facultad la “googlea” para hacer contacto con ella?  Porque el pedirse el número de celular está en vías de extinción. La gente se “googlea” para contactarse primero por redes. 

     Cuántos males se aliviarían si esas personas pudieran acceder a la información sobre sí mismos en forma inmediata y reportar con facilidad a los haters, pensaba en los años en los que tuve el honor de encontrar la solución para personas angustiadas, perturbadas, heridas, que sólo querían, lógicamente, que quiten ese material de ahí. Había en esas resoluciones una característica que nunca dejó de sorprenderme. Era tan abrumador y tan shockeante ser una víctima de haters o de abusos en Internet que muchas veces personas con muy buen manejo profesional, estudiantes brillantes, personas maduras y bien plantadas en la vida se volvían infantiles, indefensos, herráticos, como ante un monstruo al que no sienten poder abordar. Era conmovedor. Y triste. A ese panorama de incitación al odio, se sumaron las deep fake, noticias falsas que parecen reales. Y se sumaron también los protagonistas de noticias verdaderas que sacan lo peor a la luz y entonces pretenden escudarse en que son noticias falsas. "Fue con inteligencia artificial" es el nuevo "me hackearon". 

     Quisiera dar mejores noticias, pero la avalancha de deep fake a través de inteligencia artificial (tema que retomaremos en otro post) está moviéndose bajo el agua, yendo a convertirse en tsunami. Y no sólo para personas de alta exposición pública. Cualquiera podrá verse en situaciones en las que no estuvo o en declaraciones que nunca hizo. Y no parece fácil encontrar la solución porque, por ahora, las herramientas de detección de deep fake y el chequeo de información van perdiendo por goleada. 

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